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El Librero: El cielo es azul, la tierra blanca

«Un día, de repente, me encontré al maestro en la calle».  

Este año le ha pertenecido a los autores japoneses. De los 12 libros que he leído, al menos 9 han sido de escritores del País del Sol Naciente, principalmente Haruki Murakami y Hiromi Kawakami. Espero poder darle la misma atención a Banana Yoshimoto dentro de los 13 libros que todavía me faltan por leer para completar los 25 del año ―y si logro más, qué mejor. Pero, bueno, de ella y de Tsugumi ya hablaré más adelante.

Comencé el año viajando a la Ciudad de México desde Campeche. Durante el vuelo, El Cielo es azul, la tierra blanca fue mi fiel compañero. La narrativa de Kawakami me tomó por sorpresa ―o, al menos, la traducción de Marina Bornas Montaña, ya que no hablo ni leo japonés.

Hiromi Kawakami nació en Tokio en 1958. Esta escritora, crítica y ensayista estudió ciencias naturales y en algún momento de su vida empezó a dar clases de biología. Su carrera como escritora inició en la publicación de ciencia ficción NW-SF. Su primer libro ―una compilación de relatos― llegó en 1994, cuando nuestra autora tenía 36 años, y se tituló 神様 (Kamisama). Tras esta publicación llegó 蛇を踏む (Hebi wo fumi), en 1996, obra que la hizo acreedora del premio Akutagawa (ya hablaré más a detalle del Akutagawa cuando lleguemos a Murakami) y en 2001, ganó el Tanizaki por センセイの鞄 (Sensei no Kaban), libro que nos compete el día de hoy.

Durante su extensa carrera, la escritora de 62 años se ha hecho con varios galardones y ha sido publicada en varios países. Hasta donde sé, su novela más reciente la publicó en 2016 y se titula 大きな鳥にさらわれないよう (Ōkina tori ni sarawarenai yō). Una traducción literal sería No se lo traguen los pájaros grandes.

Recuerdo haber comprado El cielo es azul, la tierra blanca en un Gandhi, quizás a la par que otro texto de Murakami, y haber esperado bastante tiempo para leerlo. Me llamó la atención su portada y las reseñas sobre la autora, así que lo llevé conmigo a casa. He de admitir que soy reacio a comprar libros de los cuales no sé nada, así que suelo dar una revisada a internet antes de atreverme a dedicarle mi tiempo a las palabras de un desconocido.

Aunque, formalmente, comencé El cielo es azul, la tierra blanca el 28 de diciembre del 2019, no fue sino hasta el 1 de enero del 2020 que le presté la atención necesaria, empezándolo nuevamente desde la página uno ―lo terminé el 3 del mismo mes. Vaya que fue una sorpresa, pues saliendo de Tokio Blues, de Murakami, me vi forzado a explorar Japón desde una nueva perspectiva, con una voz mucho más suave, despreocupada y, de cierto modo, alienada. A pesar de que la obra comparte ciertas características que, he descubierto, son inherentes a la literatura japonesa ―como escenas en un bar, donde el personaje principal bebe sake y come calamar―, me enfrenté a un mundo distinto ―como pasa con cualquier autor, por supuesto; pero en ese momento, mi único referente de obras japonesas era el escritor que la misma crítica del país asiático acusa de ser el autor menos nipón que existe.

Este libro es, simple y sencillamente, una historia de amor. Tsukiko Omachi, de treinta años, se enamora de su viejo profesor del instituto, Harutsuna Matsumoto, de setenta. Si quieres encontrar algo más allí, no lo hay ―y con esto me refiero a que no leas este libro buscando una trama acelerada, melodramática y repleta de tintes contemporáneos. Quizá puedas llegar a leer entre líneas para descubrir reflexiones sobre la muerte y el pasado, empero, en esencia, leerás capítulo tras capítulo el lento y natural nacimiento de un romance en una sociedad donde el internet y los celulares todavía no eran la norma ―extraño esos días.

Esta historia es de las que exploran las relaciones humanas, y lo hace de la manera más pura. Aunque no está exenta de conflicto, la historia Kawakami se siente ligera, como cirros flotando a merced del viento; su narrativa cronológica presenta fotografías de momentos relevantes en la evolución de la pareja que conforman el profesor y su ex-alumna. Leer El cielo es azul, la tierra blanca es aventurarse en una novela donde nos enseñan a querer como se hacía hace casi veinte años, donde aprendemos que enamorarse puede ocurrir en cualquier etapa de la vida y donde se nos enseña que siempre tendremos inseguridades, seguiremos dudando y cometiendo errores. Está bien. Todo avanza.

Kawakami nos habla de la cotidianeidad a través de capítulos como «La luna y las pilas» o «Los pollitos» ―con estos títulos, ya te imaginarás qué caminos toma―, donde sus personajes se enfrentan a problemas normales, como el que se les funda un foco, reencontrarse con viejos compañeros, beber de más, ir en una cita, o incluso temas mucho más complicados, como la superación de la pérdida de alguien a quien amaste toda tu vida. Independientemente de lo que hable, Hiromi consigue que sientas interés, siempre y cuando tengas la mente abierta a explorar el día a día.

Cuando digo que Kawakami presenta fotografías de momentos me refiero a la manera en que habla ―en primera persona― los encuentros entre Omachi y Matsumoto. Nos abre la puerta a sus momentos más íntimos, sin que lleguemos a profundizar demasiado en, por ejemplo, todos sus temores, vicios y demonios. Nos convierte en observadores discretos; bien podríamos estar presenciando esta historia desde la ventana de una casa de té.

Si tuviera que plantear el escenario ideal para leer este libro, sería en un día de lluvia fina, con las gotas como única pista de fondo. Tendría una ventana cerca, a través de la cual podría ver el cielo y sus nubes grises ―entre las cuales se dejaría ver el sol―; sentiría el aroma a húmedo que impregna el mundo y la brisa fresca soplando sin prisa. ¿Demasiado melancólico? Tal vez. Es así como este libro me hizo sentir.

Si necesito un espacio tranquilo al cual viajar, sé que puedo contar con Omachi.

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