Libro de Recortes

Espacio Liminal (1)

Cuando me contaron sobre el concepto de los Espacios Liminales, quedé encantado. No sabía que, durante toda mi vida, había perseguido esos lugares. Quería expresar su misticismo a través de una historia, así que comencé con este capítulo y, después, ya no supe hacia dónde llevarlo.

La fotografía de portada la tomé cuando paseaba por las calles solitarias de una ciudad sumida en la noche. Solía hacerlo mucho y ahora entiendo mejor por qué. Era una época en la que me sentía apartado y me atraían los espacios liminales.


Es noche cerrada y el sonido de las llantas contra el asfalto y de la calefacción me han estado arrullando desde que retomamos el camino. El aroma a café de máquina y al perfume de Rosa flotan en el aire atrapado. Ya debería estar acostumbrado a al menos uno de esos dos olores.

Mis párpados caen con lentitud cada doscientos o trescientos metros, hasta que las luces de los otros automóviles nos impactan, regresándome a la realidad; es un círculo vicioso que comienza a poner a prueba mi paciencia. Cierro los ojos. Luz. Separo los párpados, con una inspiración profunda. Estoy seguro de que no falta mucho para que pierda mi completa conexión con el planeta y me hunda en la más profunda oscuridad, pero mientras esto sucede, la carretera se divierte jugando con mi sistema nervioso.

Maya, tras el volante, emite un suspiro al mismo tiempo que unos faros pasan junto a nosotros y me obligan a despertar. Mis ojos observan cómo extiende su mano y enciende la radio, arrancándole palabras a la nada: «…y si tuviera que hacerlo en veinte ocasiones…». Cambia de estación: «…el clima para mañana…». Una vez más. «Son las doce y cuaren…». Intenta de nuevo y lo único que recibe es estática. Golpea el aparato con la mano y, acto seguido, lo apaga. Repite este ritual casi cada media hora desde que Cristian cerró los ojos y su respiración se volvió lenta y acompasada. A pesar de que me gustaría saber qué espera escuchar en el viejo cacharro, las fuerzas no me alcanzan para preguntar. Tal vez mañana lo averigue. 

Cierro los ojos, esperando que esta vez nada me despierte. Siento que mi cabeza golpea el hombro de Adrián. Entonces me pierdo. 

Abro los ojos y miro el reloj digital que parpadea en el tablero del automóvil. Son la una cuarenta y tres de la mañana. Siento la boca pastosa y el cuello me duele. Al sentarme derecho y luego de destensar los hombros, noto que nos hemos detenido y que ni Maya ni Rosa están en sus asientos. El aire acondicionado sigue encendido, la puerta del conductor, abierta, permite que la calefacción se escape a la noche, y la radio solo recibe estática. A mi lado, Adrián aún duerme, lo mismo que Cristian, en el asiento del copiloto. Uno de ellos dos ronca, pero aún no estoy tan despierto como para identificar cuál. A estas alturas, ya debería saberlo.

Me arrastro con cuidado hasta llegar a la puerta del lado izquierdo. Abro y desciendo; cierro un poco más fuerte de lo que debería. Ninguno de los otros dos pasajeros se percata.

Para ser madrugada, hace demasiado calor. Siento la piel pegajosa por la humedad del aire y por mi propio sudor, que comienza a manar en cuanto pongo un pie sobre la grava. Antes de hacer cualquier otra cosa, estiro los brazos hacia el cielo y sacudo las piernas un par de veces. Frente a mí, la carretera. Mientras muevo los músculos, pasan al menos tres coches, uno de ellos con las luces altas. El aire ya no huele a café ni al perfume de Rosa. Soy incapaz de decir cuál es su aroma, solo sé que es el propio de la madrugada. Estoy seguro de que si se lo digo a cualquier otra persona, «el aire huele como la madrugada en una carretera», sabrá de qué hablo. Es de esas cosas que son en verdad universales, como mezclar Coca-Cola con ron o fumar un cigarro en un balcón mientras se observa la calle. No recuerdo la última vez que lo hice. O si alguna vez he fumado. O si he vivido en un lugar con balcón.

Doy media vuelta y me lo encuentro. Es un edificio achaparrado del color de un durazno maduro. Tiene al menos dos plantas y, de este lado, ninguna ventana. Han colocado unos cuantos arbustos y palmeras frente a las fachadas. Las palmeras, como siempre, no importa dónde estés, lucen descuidadas; es su estado perpétuo, con sus hojas apuntando hacia abajo. Son árboles tristes que viven una vida triste cuando se les aparta de los lugares tropicales.

El nombre del motel, la promesa de los canales para adultos y el agua caliente no me emocionan en lo absoluto. Sin embargo, una cama para dormir y no el hombro de alguno de mis compañeros de viaje despierta en mi interior un instinto primitivo. Esto debieron haber sentido los primeros seres capaces de caminar en dos piernas cuando se refugiaron en una cueva. Es como estar conectado con el pasado remoto. Volver a las raíces.

Como a unos quinientos metros, alcanzo a ver una gasolinera y junto a ella, un minisuper. Me planteo caminar hacia allá. Podría entrar en la tienda y, si la persona tras la caja registradora está distraída, tal vez sea capaz de sacar algo a escondidas. No estoy seguro de cuánto dinero me queda en la tarjeta de débito y estoy guardando la de crédito para una verdadera emergencia. Como una cama de hotel. 

«Debe haber máquinas expendedoras en el hotel.» Además, mis habilidades de hurto son equiparables a la maestría con la que toco cualquier instrumento musical: nulas. Enfilo mis pasos hacia el edificio junto a la carretera mientras silbo una canción que debí haber escuchado en la radio durante mi turno al volante. El resto del viaje de hoy, me la pasé durmiendo. Es de las pocas cosas que me quedan por hacer en el camino, al menos hasta que lleguemos a donde se supone que debemos llegar. Intento recordar dónde queda ese lugar, pero me es imposible. Creo que Rosa lo mencionó en algún momento, o tal vez fue Cristian. Si Maya no hubiera lanzado el mapa por la ventana mientras pasábamos por aquel puente, podría revisarlo. Ese día fue hace dos semanas y todavía nos faltaban dos mil kilómetros para completar el trayecto. ¿No deberíamos haber llegado ya?

―Tienen que rentar dos habitaciones ―dice una voz áspera. Suena a que es la milésima vez que ha tenido que repetir estas palabras; no se trata solo de un conjunto de letras, sino de un mantra que guía su manera de vivir.

Sin darme cuenta de cómo di con ella, ya estoy en la recepción. Es una habitación pequeña, de unos tres por cinco metros con un ventilador de techo que gira en lo que supongo que debe ser su velocidad más baja; parece que en cualquier momento va a dejar de moverse, lo observo. No. Sigue girando. Hay una vieja televisión sobre un librero colocado en una esquina. En ella están dando un infomercial sobre una máquina de ejercicio; nunca me han gustado los infomerciales. Son demasiado repetitivos.

Las paredes son anaranjadas, de un tono pastel que el tiempo no ha tratado muy bien. Hay repartidas unas cuantas sillas y mesitas de centro con revistas que la gente solo lee cuando no tiene nada más a la mano; me parece ver que en una de ellas, Rosa sonríe en la portada. No la tomo para comprobarlo.

En el fondo, un escritorio separa a Rosa y a Maya de una anciana de cabello pintado de morado; la luz amarillenta del cuarto le arranca destellos cobrizos al cabello castaño claro de Rosa, mientras que es absorbida por la oscuridad del azabache de Maya. Mientras avanzo hacia ellas y el rostro de la mujer cobra nitidez, sus profundas arrugas me recuerdan a las grietas de la carretera. Hasta que me detengo junto a mis amigas es que noto el pesado aroma a tabaco que flota en el aire. En un cenicero sobre el escritorio hay dos cigarros a medio fumar todavía encendidos. Su humo se eleva con desgana.

―Pero no necesitamos tanto espacio ―replica Maya con su voz que no termina de cuadrar con su altura. A mí, me saca media cabeza; a Rosa la supera por una entera.

«Somos cinco personas, ¿qué estás pidiendo?»    

―Para tantos, tiene que ser una habitación doble o dos individuales ―dice la anciana―. Ya hazle caso a tu amiga.

Detrás de la anciana, veo las llaves de las habitaciones colgadas. Esta noche, solo una de ellas está ocupada. De esa misma pared cuelgan unos cuantos pósters de actividades que se pueden hacer en la ciudad más cercana, un horario y una hoja blanca impresa que dice: «El desayuno se sirve a las 7:00».  

―No pagaré por dos habitaciones, ni por una más grande.

―Yo puedo pagar la otra ―ofrece Rosa.

―Y yo ―añado.

Rosa y Maya se voltean hacia mí. La anciana dirige sus ojos hacia un punto cercano a donde estoy de pie, sin alcanzar a centrar su vista. Me pregunto si le estará fallando; sus pupilas lucen normales, de un profundo café oscuro.

―¿Y Cristian y Adrián? ―pregunta Maya. 

―Siguen durmiendo. ¿Quieres que pague una habitación más? 

―No la necesitamos ―vuelve a decir Maya, regresando su atención a la anciana. 

Rosa suelta un suspiro que está a medio camino de convertirse en un bufido. De su bolso de piel negro saca una pequeña cartera blanca con un monograma que cualquier persona más versada en marcas podría identificar. Yo solo alcanzo a reconocer que significa «costé mucho dinero». Rosa deja sobre el mostrador su tarjeta de crédito. Es negra y tiene pequeños números plateados.

―Dos habitaciones dobles, por favor ―pide Rosa―. Deje la cuenta abierta. No sabemos cuántas noches nos quedaremos.

La anciana se apresura a dejar caer su mano sobre el pedazo de plástico. El movimiento veloz de su extremidad me hace pensar en las trampas para osos y en que si pusiera mi mano entre ella y algo que desea, terminaría con la carne rasgada.

―¿A qué te refieres con eso? ―Maya deja que su confusión se aprecie no solo en su rostro, sino también en la inflexión de sus palabras.

―A que ya estoy cansada de la carretera. Quedémonos al menos dos o tres días.

―¿En dónde? ¿En este paraíso en medio de la nada?

El nombre del motel es Paraíso. En su logo hay una gaviota volando hacia un sol en el horizonte, rojo sobre blanco. Si quisieran, con ese título e imagen, podrían expandirse como una cadena de lugares de retiro para adictos. Su eslogan podría ser «cada día, un paso más cerca». 

La anciana le entrega a Rosa un par de llaves y mi compañera le agradece. Maya no vuelve a pronunciar palabra mientras vamos de vuelta al automóvil, donde ni Cristian ni Adrián parecen haberse percatado de que no estábamos. Cuando subimos y arrancamos, para llevar el coche hacia dentro del hotel, ellos siguen sin despertar. Bajamos las maletas y nos dividimos los cuartos a la suerte, con números pares y nones. A mí me toca dormir con Rosa en una habitación y a Maya le toca con los otros dos chicos. Ella se quedará una cama para ella sola, mientras que a ellos les tocará compartir. Ya no por suerte, sino por no haber ayudado con nada.

Despertamos a Cristian y a Adrián y les explicamos cómo pasaremos la noche. Ni siquiera se preocupan por replicar. Cuando les decimos el número de la habitación, suben la escalera de cemento, blanca y anaranjada, y desaparecen. Imagino que llegarán y se lanzarán sobre la cama para volver a su mundo de sueños. Cristian es quien más condujo durante el día, así que debe estar cansado; Adrián solo es perezoso. 

Rosa y yo hacemos lo nuestro. Le deseamos buenas noches a Maya y nos alejamos sin que responda. Cuando estamos dentro del cuarto, ambos nos dejamos caer en las camas. Rosa enciende la televisión y lo primero que escucho es su voz a través del aparato, aunque no suena como ella. Además de que habla en otro idioma, suena mucho más sugestiva que como lo hace en el día a día. La chica se apresura a cambiar de canal, sin comentar nada. Por lo que alcancé a ver, se trataba del anuncio de una fragancia de la misma marca que su cartera. Clavo mis ojos en ella y después en el cuarto: el tapiz que recubre las paredes es verde oliva, con patrones de hojas y manzanas. Además de las dos camas matrimoniales, hay un par de mesitas de noche y lámparas junto a cada lecho; la televisión queda frente a la cama de Rosa, descansando sobre un mueble de madera maciza barnizada. Frente a la puerta que da al baño, hay un sofá de una plaza de color amarillo pastel. El piso está alfombrado y del techo cuelga un ventilador igual al de la recepción que gira emitiendo un rechinido calmante. Las cortinas están abiertas, lo mismo que las ventanas con barrotes. El ambiente huele a humedad.

―El desayuno se sirve a las siete ―digo. Mis temas de conversación con Rosa suelen reducirse a lo superficial, lo que tenemos a la mano. Sé que si no tuviéramos la televisión, lo único de lo que hablaríamos antes de dormir sería del decorado del cuarto, así como alguna vez charlamos sobre el sabor de un chocolate caliente que se había comprado en una gasolinera. 

―Gracias.

Suspiro y razono que será una noche larga. Ya no tengo sueño y por la manera en la que Rosa cambia de canal casi con obsesión, parece que ella tampoco. Tiene el ceño fruncido lo necesario como para que pueda adivinar que cualquier intento de platicar con ella terminará en respuestas secas. A menos que ella decida iniciar. 

Giro en la cama y abro uno de los cajones de la mesita de noche que está entre Rosa y yo. Encuentro un menú para pedir servicio a la habitación y una biblia. Tomo ambos y me siento con la espalda apoyada en la cabecera de madera. Rosa acaba de encontrarse con la oferta de canales de pornografía que aparecían promocionados en la fachada del motel. Yo abro el libro en una página al azar y leo. De fondo, los gemidos. Parece que mi compañera por fin decidió qué quiere ver.

«Las riquezas mal habidas no sirven de nada, pero la justicia libra de la muerte», leo. Luego cambio de página otra vez, dejando que la suerte decida. «Busquen el bien y no el mal, y vivirán; y así estará con ustedes el Señor Dios Todopoderoso, tal como ustedes lo afirman». Una vez más: «Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo». Cierro la biblia al mismo tiempo que Rosa apaga la televisión. Uso el menú para marcar la página en la que leí la última frase.

―¿Qué haces? ―pregunta, volteando a verme.

―Buscaba palabras de sabiduría ―le digo, sin detectar un tono de sarcasmo en mi voz, a pesar de que intenté ponerlo allí. Supongo que respeto la religión más de lo que yo mismo creía.

Rosa extiende su mano y yo le entrego la biblia. Tiene manos delgadas y delicadas, de piel ligeramente bronceada. Abre el libro y me fijo en cómo mueve los labios, leyendo en silencio. Cualquier persona que la viera, pensaría que es muy guapa, con sus facciones afiladas, sus grandes ojos castaños claros y su cuerpo delgado con solo la cantidad suficiente de curvas, nada exuberante. 

―«No digo esto porque esté necesitado, pues he aprendido a estar satisfecho en cualquier situación en que me encuentre» ―lee Rosa en voz alta.

―¿Crees que te queda? ―pregunto. Cruzo mis manos sobre mi pecho y dirijo mi vista hacia el techo.

―No. ¿Tú?

―Tampoco. 

―A ver, esta es para ti. ―Rosa pasa las páginas al azar, detiene un punto y lee con una voz diferente a la de siempre, distinta a la del comercial y nada similar a aquella que usó al recitar las palabras que le tocaron a ella―: «Confío en Dios y alabo su palabra; confío en Dios y no siento miedo. ¿Qué puede hacerme un simple mortal?». ¿Te sientes así?

Niego moviendo la cabeza hacia la derecha y hacia la izquierda.

―Tengo miedo la mayor parte del tiempo y no sé si Dios pueda salvarme cuando alguien me esté apuntando con un arma.

―Claro que no lo hará si piensas de ese modo. ―Rosa cierra la biblia y se da la vuelta, dándome la espalda. No parece tener intenciones de cambiarse de ropa―. De todos modos, hay que estar preparados por si no aparece.

Como no hay reloj en la habitación, no sé cuánto tiempo ha pasado desde que llegamos hasta que me levanto y me acerco a mi maleta. Saco unas cuantas prendas y entro al baño. Abro la regadera. Espero a que el agua se caliente observando cómo el espejo se cubre por una película blanquecina hasta que ya ni siquiera puedo verme reflejado en él. 

Es un baño típico de hotel de carretera: azulejos blancos, un retrete, lavamanos con espejo rectangular con algunas manchas y una regadera con tina, tina que no usaría ni aunque me ofrecieran una noche gratis. Quizá.

Entro bajo el agua, que está más tibia de lo que esperaba. Dejo que las gotas resbalen por mi cuerpo mientras intento recordar hacia dónde se supone que vamos. El pueblo más cercano al motel está a diez kilómetros, de acuerdo a un letrero que vi en la carretera. Si ese fuera nuestro destino, dudo que Maya se hubiera detenido tan cerca. Nunca se detiene cuando las cosas están al alcance de su mano. 

Continúo explorando mi mente, intentando dar con algún mueble polvoriento en donde haya metido la respuesta que busco. Reviso varios cajones imaginarios y la mayoría están vacíos. Solo hay una caja que soy incapaz de abrir, porque no sé dónde puse la llave. Regreso la caja a su lugar, seguro de que dentro no se esconde nuestro destino.

Termino de bañarme, me visto y salgo del baño. Rosa está dormida. Debería hacer lo mismo.

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