Uno de los problemas más grandes a los que me he enfrentado casi toda mi vida en esta aventura llamada «escribir», es que nunca he tenido nada que quiera decir.
Cuando tomas un libro esperas, de manera consciente o subconsciente, que el autor tenga un motivo detrás para escribir su obra. No sé si aplica para todos, pero, en la mayoría de los casos, encontramos un tema predominante en los textos, sin importar su índole.
O puede que, si bien no se apegan a un tema, sí hay, al menos, un mecanismo interno sosteniendo el aparatejo que es su historia. Tiende a haber un qué, una inquietud interior motivándolos a moverse entre las palabras para llegar a un fin último.
Como un ejemplo que tal vez todos podemos ubicar, tenemos a George R. R. Martin con Canción de Hielo y Fuego. El autor de la saga que después se convertiría en Juego de Tronos parece tener una fascinación especial por las guerras históricas y la precisión del oficio del historiador. No por nada escribió Fuego y Sangre como si se tratara de una compilación de leyendas y rumores de la Casa Targaryen.
Martin encontró en diversos hechos de nuestro pasado una base para hablar sobre política, porque, a pesar del corte fantástico ―ya sabes, brujas, dragones, muertos vivientes―, Canción de Hielo y Fuego es una obra política centrada en las maquinaciones de los regentes y de la gente de a pie. Es fascinante. Debes sentir una verdadera pasión para crear un mundo tan extenso como el de Martin y luego dedicarte a llevar al lector por las complejas mentes traicioneras y calculadoras de sus personajes, más que a los límites de los continentes conocidos ―en serio, su construcción de mundos es de envidiarse.
Puede que mi interpretación de estos libros sea errónea, pero son un buen ejemplo de lo que quiero hablar: los autores tienen una fijación que los impulsa.
Cuando estaba en la universidad, hace ya tantos ayeres, me metí a un taller de guionismo. Más avanzado el semestre lo terminé abandonando por una simple razón: solo escribía sobre lo que leía. En ese entonces me encontraba visitando, no recuerdo si por primera, segunda o tercera vez, las páginas de El Temor de un Hombre Sabio, y decidí redactar un guion sobre una troupe itinerante en un mundo de fantasía. Empero, no sentía ninguna conexión real con esos personajes. Mi motivación para explorar sus vidas era nula. Solo había leído un libro que tenía algo similar y quería escribir mi propia versión ―no un fanfic, pero casi.
Más tarde en la carrera tuve mi propia clase de guionismo, ya no solo una optativa, sino algo que influía en mi calificación.
Mi idea principal era pasar a la pantalla una historia corta que había escrito hace tiempo sobre unos chicos con superpoderes que se veían obligados a convivir en una casa durante 12 días tras la muerte de la amiga que los mantenía unidos. Esa historia había nacido luego de leer Persona Normal de Benito Taibo y quedar encantado con su manejo de una fantasía que no sabes si es real o no. Quería poner a personajes increíbles en un entorno bastante común.
Ese guion no llevó a ningún lado, porque mi profesor me dijo que las historias reales eran mucho más impactantes que las fantasiosas; que los problemas cotidianos llamaban más la atención de la audiencia. Y, estoy de acuerdo, al menos hasta cierto punto, porque lo fantástico y heroíco no está peleado con las situaciones cotidianas. Ahora que soy menos impresionable y más firme en mis convicciones, puedo alcanzar a notar que, a pesar de la buena intención de quien llevaba esa clase, ese comentario fue limitante y corto de imaginación. Hoy en día no le daría importancia y seguiría con mi película de amigos con poderes.
Mi siguiente aventura ―a la que pasé luego del comentario del docente― involucraba una feria y una chica y un chico. Al menos en algo en lo que soy consistente es en el romance. Era consistente en ello. Me interesaba mucho explorar las dinámicas de las parejas. La narrativa de boy meets girl del guion de la feria tampoco desembocó en algo que me satisficiera. Era, como me había pedido el profesor, mucho más «humano», pero no terminaba de interesarme lo más mínimo lo que sucediera con esos personajes. No quería que llegaran a ningún lado. Al día de hoy, no puedo recordar qué pretendía hacer con sus vidas.
Cabe resaltar que el punto de la clase era trabajar un solo guion a lo largo de todo el semestre, haciendo diversas entregas de distintos trabajos. Cada que iniciaba algo nuevo, debía ponerme al día con lo que nos solicitaban. Era, si bien no abrumador, porque lo disfrutaba en ese entonces, sí resultaba poco práctico.
Al final me quedé con una narrativa sobre un chico y una chica, mayores que los de la feria, y la exploración de la pérdida y el miedo a la muerte. Esta historia también salió de otro lado, de Beginners y de su tono atenuado y contenido. Quería enfrentarme a personajes que sienten todo, pero no demuestran nada. Casi una comedia.
Terminé ese tratamiento e hice la presentación al respecto para que mis compañeros de equipo y yo votáramos por qué guion queríamos producir como nuestro proyecto final de la carrera. Creo que la mía no se eligió solo por un voto. Y qué bueno, porque me sentía como un impostor al querer llevarla a cabo.
Creo que fue en ese primer taller de guionismo, con la historia de la troupe, en el que la profesora me dijo que escribía sobre las cosas que estaba leyendo y que eso no era del todo bueno. De hecho, con gran amabilidad me preguntó sobre qué trataba el libro que llevaba conmigo y fue ahí donde hizo la relación. Se lo agradezco, aunque no recuerde ni su nombre ni su cara y a pesar de que dejé su taller a las semanas de haberlo empezado.
Desde ese entonces fui mucho más consciente de qué tanto dejaba que lo que veía, leía o escuchaba me influenciara, porque, como dice Austin Kleon en Roba como Artista, robar de un solo lugar es plagio, pero de varios es inspiración.
Me obsesiona y molesta no saber qué decir o si quiero decir algo, porque no deseo caer en el cliché de las historias del escritor que no sabe qué escribir y termina escribiendo sobre cuánto le cuesta escribir.
Hace poco me encontré pensando en esto una vez más, en el discurso tras las narrativas, aunque no recuerdo el porqué. Puede que me llegaran a la mente las ganas de hacer un guion, pero, al mismo tiempo, tuviera pensamientos sobre qué quiero decir con él. Tal vez nada.