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FASCINACIÓN; «SOLEDAD»

Publicada el lunes 9 de marzo del 2026lunes 9 de marzo del 2026 por Kevin

Siento una fascinación difícil de explicar por la religión abordada desde el punto de vista de las emociones humanas. 

En general, siento mucha curiosidad por las deidades y su relación con las personas. En la universidad tomé la optativa de Historia Comparada de las Religiones solo para aprender un poco más de lo que las culturas del mundo piensan de sus respectivos dioses, profetas e iluminados. Si he de ser sincero, no recuerdo mucho, pero era una materia que me gustaba bastante.

Cuando hablo de abordar la religión desde las «emociones humanas» me refiero a «conocer» lo que sentían y pensaban los personajes. Al ser occidental, es común que me tope más con estas narrativas enfocadas en el Cristianismo o Catolicismo. Dos de mis ejemplos favoritos de esta manera de explorar la religión son la canción «Eve & Paradise Lost» de Bastille —que te cuenta un poco del resentimiento de Eva por ser la portadora del Pecado Original— y la canción «Abraham’s Daughter» de Arcade Fire —en la que nos narran una versión alternativa de por qué Abraham no sacrificó a su hijo Isaac a Dios. 

“Eve & Paradise Lost” de Bastille.
“Abraham’s Daughter” de Arcade Fire.

Mi relación con los temas religiosos es compleja y no profundizaré en ella en esta entrada de blog, pero, como ya dije, siento una fascinación por ellos. En algún momento me planteé escribir un libro sobre la vida de Jesús de Nazaret visto como un hombre. Hijo de Dios, sí, pero carne y sangre, a fin de cuentas. Es parte del punto de la Encarnación.

Alguna vez puse en práctica esta idea, que, quizá, sea mal vista por los más ortodoxos. No sé. Fue en abril del 2019, cuando me puse como reto escribir una historia corta al día. Sobra decir que no logré mi objetivo, pero el producto que saqué de esa corta aventura me gusta, así que decidí desempolvarlo para ponerlo en el blog. Quién sabe, tal vez algún día continúe lo que empecé. 


SOLEDAD. 

3 de abril de 2019. 

Sed y hambre; quería agua y quería comida y, también, de ser posible, quería reposo.

Habían pasado varios días desde la última ocasión que pusiera un pie en el pueblo, por lo que la noticia de su llegada se esparció con rapidez. En cuanto vio que el niño, cubierto de polvo y con una sonrisa en la cara, se levantó y sin sandalias corrió en dirección a la casa de su vecino, supo que el descanso que buscaba no llegaría sino hasta muy entrada la noche.

Suspiró.

Tenía buenas noticias, sí, y también las quería compartir. Sin embargo, era músculos, huesos y sangre, y esos músculos, huesos y sangre necesitaban reposar. Su sed tenía que ser saciada. Algo tenía que caer en su estómago. Al menos esperaba una hogaza de pan al llegar a la entrada.

Decepcionado no estuvo. Lo recibieron con pescado fresco y cordero recién sacrificado y agua y pan y prendas frescas. No lo aceptó todo de inmediato, claro. Negó las prendas y negó el pescado, pidiendo que lo repartieran entre ellos. El cordero se lo entregó a un anciano.

Solo bebió agua, con cuanta calma se lo permitió su autocontrol; quería acabarla con velocidad, feroz. Pero no. Dio sorbos pequeños. Dos, tres mordidas al pan. A continuación, comenzó.

Todos en la multitud tenían peticiones, como era de esperarse. Todos querían contarle sobre sus males y sus dolencias, y él tenía la intención de escucharles con atención, pero por más que su mente fuera fuerte de voluntad, su cuerpo le pedia una cama fresca y largas horas de sueño. A veces lo único que deseaba era dormir.

Dijo unas cuantas palabras, esperando que eso fuera suficiente, al menos por unas horas. Por supuesto, no lo fue. Las peticiones comenzaron a llover a cántaros, y él las escuchó con la atención que solo una madre es capaz de ponerle a sus hijos, por más incoherentes o caprichosos que estos sean. Y mientras escuchaba, vio a cuatro hombres cargando una camilla rudimentaria, al fondo, entre la multitud. Los siguió con la mirada, curioso de lo que pretendian hacer. Curioso y agotado (aunque debía admitir que, en ocasiones, lo único capaz de arrancarle la pesadez del cuerpo era su curiosidad, tan hiperactiva como la de un joven que descubre, por primera vez, el cuerpo desnudo de una mujer).

Los cuatro hombres rodearon a la multitud y desaparecieron de su vista. Alzó el rostro cuanto pudo, intentando dar con ellos, pero no los encontró. Buscarlos supondría dejar su lugar en el marco de la puerta y adentrarse en la multitud. Y eso implicaría aceptar que no descansaría esa tarde. Tal vez, en esta ocasión, su curiosidad era más débil que el agotamiento.

Supiró por segunda vez y puso atención a aquello que le decía un granjero, o al menos lo intentó. La letanía se extendió y extendió, hasta que una exclamación rompió el ambiente pesado que se estaba generando. Alguien más señaló hacia el techo de la casa. Tuvo que dar unos pasos hacia sus acompañantes y mirar hacia arriba: los cuatro hombres se encontraban allí, con todo y la camilla, e intentaban, a la fuerza, abrir un agujero en el techo. Podría haberse enojado, podría haberles gritado. Sin embargo, sonrió. Eran atrevidos. Harían lo que fuera por hablar con Él. Le gustaban.

Esperó hasta que los hombres terminaron el agujero en el techo y bajaran la camilla con ayuda de cuerdas. Entonces entró en la casa y se sentó junto a quien descansaba, ahora, en el suelo de su hogar. Era un paralítico, ni más ni menos. Recostado, descansando. El quería descansar.

Miró hacia la multitud que, sin moverse, esperaba a que hiciera algo. Cualquier cosa. Solo querían vuer lo actuar. Le habían dado agua y le habían dado comida. Les debía al menos eso.

—Te perdono —dijo, con la voz más cansada de lo que le habría gustado. El desierto había hecho mella en sus cuerdas bucales. ¿Qué más podía esperar? Claro que era así. El cuerpo que habitaba no estaba acostumbrado al ritmo para el que lo utilizaba—. Perdono tus pecados —terminó.

Allí estaba. Lo había dicho. ¿Era suficiente como para seguir adelante? ¿Como para poder reposar?

No es que no quisiera estar allí, pero era como si, en ocasiones, no comprendieran que él también era carne y sangre y sudaba y dormía y se exasperaba y lloraba y reía y…

—¿Cómo te atreves a hablar así? —preguntó alguien entre la multitud. Años después, se contaría que habría sido un escriba, apoyado por sus compañeros; por ahora solo era un rostro más entre un mar de caras—. iLo que dices es una ofensa, nada más! Solo nuestro Dios es capaz de perdonar los pecados.

Entre la multitud, algunos asintieron. Los murmullos comenzaron a esparcirse, esporas al viento. Suspiró por tercera vez. Quería dormir. ¿Por qué era tan dificil entenderlo? ¿Acaso esa idea no la comprendían sus mentes?

—¿Por qué piensan eso? —preguntó entonces, sin apartar su mirada del paralítico. Alzó la voz lo suficente como para que toda la multitud fuera capaz de escucharlo, hasta el último, hasta el sordo.

Se incorporó, pues, sin darse cuenta, se había puesto en cuclillas. Las rodillas le crujieron, aliviadas por la movilidad. No lo había notado, pero incluso una pierna se le había dormido. Mientras la multitud miraba su perfil, un hormigueo le subía por el muslo.

Estaba bien. Lo haría. Lo haría y tal vez así sus ojos se abrirían y le creyeran y quizá podrían darle espacio. Los amaba, sin embargo, tenía otras emociones en el cúmulo de irracionalidades que conformaban la tormenta en su cabeza.

—¿Qué es más fácil? ¿Perdonar los pecados de este hombre paralítico o hacer que camine de nuevo?

La respuesta era obvia, sí. Y esperaba que alguien lo dijera en voz alta.

—¿Entonces estás haciendo lo más fácil? ¿Eso es lo que quieres decir? —aulló una voz entre el corro y alguna risa contenida casi logró escapar.

—Exacto —declaró, dándose la vuelta, encarando a la multitud, con esa voz que ahora era clara y dulce, pero repleta de autoridad—. Es más fácil lo que estoy haciendo. Por lo tanto, si hiciera que este hombre volviera a caminar, ¿no demostraría eso que tengo la autoridad, aquí en la tierra, para perdonar los pecados?

De nueva cuenta, un murmullo se extendió entre los presentes. Tendría que hacerlo. Ya no había marcha atrás. Después, podría descansar los pies y lavarse.

Volvió a quedar de perfil hacia los reunidos y se concentró. Y sintió miedo, aunque no lo demostró. Nunca lo demostraba; no podía hacerlo. Si era un ejemplo a seguir, tenía que mantener la serenidad y la cordura. Era piedra, aunque fuera árbol. Era un lago, aunque en realidad era la tormenta en el mar. Debía ser un seto, aunque sintiera un enorme desierto en su interior. Y, en ese momento, se internó en ese desierto, y se vio a sí mismo, sin saber si era un espejismo.

Siempre que estaba allí, temía que ese «otro yo» se alejara y lo dejara solo, solo en ese mundo incomprensible, salvaje y que debía amar.

Se miró a los ojos, en el amplio desierto. Se devolvió una sonrisa y ahondó en en su vacío interior.

Miró también en el todo exterior y volvió a sentir miedo. El espejismo dio un paso hacia atrás, Él dio un paso hacia adelante. El espejismo dio un paso hacia adelante y Él dio uno hacia atrás. En el desierto era de día y también era de noche. Y estaba acompañado, pero estaba solo.

En realidad, estaba solo.

Nadie más notó que la mano le temblaba y que, cuando pronunció las palabras, la voz le flanqueó solo un instante, el suficiente como para sentir el cuerpo más pesado. Volvía a tener sed.

¿Por qué la sed era tan recurrente? Y el sueño, y el hambre y tantas ideas y sentimientos y emociones y todo eso que se juntaba en su interior y que lo hacia querer gritar. Lo había hecho. Se había alejado, alguna ocasión y había subido a un monte, solo para gritar, gritar su nombre y nada más. Si había llorado eso solo le correspondía a Él saberlo. 

—Levántate —pronunció, su voz nubes, luego tormenta, diluvio—. Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.

Convicción. Lo dijo como una orden, no como una petición ni como un favor. Lo dijo con la certeza de que sucedería; con la autoridad que le confería su propio miedo, su valentía, porque para ser valiente hace falta sentir temor. ¿A qué podía temerle, Él? Tal vez a la soledad. Al abandono. Al amar demasiado. Al equivocarse. Cada que se lo preguntaba, en las noches que abria los ojos en la oscuridad, siempre se encontraba

así: solo.

Hubo un momento de silencio antes de que el paralítico se pusiera en pie. Flexionó una rodilla, luego la otra. Se incorporó ayudado por el Hombre cansado y sediento, tomó su camilla y salió por la puerta, ante la vista de todos.

—iNunca habíamos visto nada como esto —exclamó alguien. No, Por supuesto que no lo habían hecho.

Allí, en Cafarnaúm, Jesús permaneció de pie, con la mano un poco más firme, un poco menos agotado, pero todavía sediento.

Al menos, por ahora, no lo habían abandonado.

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