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A La Deriva en un océano de inseguridad, incertidumbre e impostores

Publicada el lunes 28 de julio del 2025 por Kevin

Una cuestión con el síndrome del impostor —”un patrón psicológico en el que una persona siente que no merece su éxito y teme ser descubierta como un fraude”— es que, para mí, es confuso. ¿La persona que lo padece es insegura, nada más, pero tiene las capacidades de defender la posición en la que se encuentra? ¿O de verdad es un estado en el que estás consciente de la poca integridad que poseen los cimientos de lo que has construido sin darte cuenta cómo? 

De unos meses para acá he sentido— me he sentido inútil. Así de simple. Esta no es la primera vez que trato de escribir esta entrada. Han sido varios intentos infructuosos; en algunos sonaba muy complicada y pretenciosa, mientras que en otros no lograba dar con las palabras correctas para sacar lo que siento. Y puede que todavía no las encuentre. Sin embargo, este parece un momento tan bueno como cualquier otro para obligarme a dar con ellas. 

«Impostor» es el término correcto. Siento que estoy donde estoy por una cuestión de azar y suerte, y que carezco de las capacidades para mantenerme aquí. Es como estar de pie en un castillo de arena que en cualquier momento se vendrá abajo; todo lo que hace falta es que suba un poco la marea, o que alguien le dé una patada. Pueden ser la ansiedad o la depresión hablando. El caso es que la sensación existe. 

Cada error que cometa se siente como la gota que derramará el vaso, como el momento en el que la utilería de esta obra que me he montado se vendrá abajo, revelando que todo era una mentira. Humo y espejos.

No recuerdo un momento en el que no se me haya complicado entender a esas personas que están tan seguras de sus capacidades. Que con un par bien puesto pueden asegurar que lo que hacen es bueno, o que al menos están orgullosos de ello. Que se ven a sí mismos como el acto principal o, al menos, no como mentirosos interpretando un acto mal ensayado. Me frustran un poco. Me confunden. Pero también pienso que necesitamos gente así. Un mundo apático e inseguro sería peor. 

Con el paso de los años, la sensación de futilidad se terminó uniendo con la imposibilidad de hacer, en el trabajo —que, aunque no lo había mencionado, todo esto tiene que ver con el ámbito laboral—, lo que disfruto. Me he visto obligado a realizar tareas que no son mi fuerte y a automatizar las que antes disfrutaba. Y como a mi primitivo cerebro humano le gusta la idea de la ley del mínimo esfuerzo, poco a poco he ido perdiendo la capacidad, la práctica y el gusto de llevar a cabo empresas que antes eran divertidas y que me llenaban.

Esto no constituye una queja. En términos generales, estoy bien con lo que hago y con el lugar en el que me encuentro. Las cosas han cambiado y se han dirigido hacia terrenos mejores; en realidad, no es culpa del trabajo que me sienta de este modo. Y esa es, en sí, la cuestión compleja: soy yo el impostor. El que no se mueve al mismo ritmo, el que ve las cosas a través de un cristal empañado. La pregunta es: ¿cómo lo limpio? —terapia, chance.

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