Hoy, hace seis años, entré por primera vez a trabajar a The Walk —dependiendo de en qué momento te encuentres este texto, puede que este sea el enlace funcional, ya que estamos pasando por un… ¿rebranding? Gracias por nada, Meta; tienes un inútil servicio al cliente.
Cuando recibí la llamada de confirmación, en la que se me informaba que había sido aceptado en este trabajo para apoyar en la creación contenido de una influencer de moda y su revista, estaba grabando, junto con Kobeh, nuestra entrada a un concurso de una marca de café. Nesspreso o Nescafé. No sé. Era un video sobre el labin y la herencia gastronómica libanesa que ha alimentado a Kobeh y asociados desde que su familia llegó al país.
Es bonito darme cuenta de que estaba con mi mejor amigo cuando me dieron el visto bueno para trabajar allí. No en sí por el empleo, sino, porque, bueno, lo necesitaba, ya que estaba a punto de comenzar mi vida como «adulto independiente» luego de que mi familia decidiera regresar a vivir a nuestro estado de origen.
Si he de ser sincero, no me postulé para The Walk porque quisiera trabajar en la industria de la moda. Como ya he comentado en otras ocasiones, antes de dedicarle mi tiempo a esta revista, no tenía ni la más mínima idea de lo amplio y grande que es el mundo de las marcas de lujo. En realidad, ni siquiera podía mencionar una firma de lujo sin dudar. Sí, había visto «El Diablo Viste a la Moda» (2006, Dir. David Frankel), pero ese era todo el contexto que tenía. Y tampoco es que sirviera de nada en absoluto.
El caso es que, cuando fui a mi entrevista, ni siquiera sabía para cuál de las muchas vacantes a las que me había postulado en las últimas semanas estaba enfrentándome. Y, víctima de mi brutal insensibilidad para ciertos asuntos y formalidades, así se lo hice saber a mi entrevistadora. Ya puedes imaginar la cara que puse cuando me preguntaron si me gustaba la moda. O no. Pero fue algo entre una pequeña y una gran sorpresa, con la pizca justa de desconcierto.
El caso es que me quedé y, aunque a Mike no le guste aceptarlo, entré a The Walk como su asistente; mi trabajo consistía en hacer las cosas que a él le sobraban —y que en ese entonces no eran muchas. Mike es un tanto hermético con su trabajo. Y lo entiendo. Soy parecido. Entonces, poco a poco, me fui dando cuenta de que necesitaba ocuparme en algo diferente a preguntarle a Mike en qué lo apoyaba —con el tiempo, Mike ha aprendido a compartir sus tareas, aunque le sigue costando.
Así fue que me hice cargo del Facebook de The Walk, que estaba abandonado. Creí que sería sencillo, porque en mi trabajo anterior había hecho un poquito de eso. Y, sí, fue fácil, pero no lo hacía del todo bien. O tal vez sí. En ese entonces no existía el Meta Business Center y todas esas cosas que a la empresa de Zuckerberg le encanta modificar cada par de meses para justificar su nula funcionalidad y cambio constante de nombre.
En ese entonces éramos cuatro personas: Mike, Paulina, Dante y yo. Mike era el experto en lo visual y Paulina la mujer maravilla que todo lo podía. Dante se encargaba de Instagram y, bueno, yo estaba allí. Era el comodín del equipo.
No quiero alargar tanto la historia de lo que ha pasado en estos seis años, así que vamos a hacer un resumen: muchas personas han ido y venido, y de los originales del equipo quedamos Mike y yo. Quiero destacar a Melissa, y también mencionar a JJ, Natalia, Giselle, Javier, Gabriel y, por qué no, a Alejandro. Quizás haya habido más colaboradores, pero dudo mucho que vayan a leer esto, entonces no intentaré explorar más allá de los que me vienen a la mente ahora mismo. También hemos hecho muchas sesiones de fotos, campañas y hemos trabajado para clientes que—que fueron y vinieron. Hemos cambiado un poco de imagen, he roto cosas, arreglado otras, he sido amigo y también un cabrón prepotente.
Al día de hoy, al equipo se unieron Daniela, quien ya va para dos años en The Walk, y Rob —Select Ishtar—, quien, quizá, es la persona que más he visto disfrutar lo que hace aquí y a quien se le debería reconocer mucho más su labor en redacción. Es un verdadero amante de este mundo de glamour, textiles, humo y espejos.
En estos seis años, en los que he me enfrenté a la renuncia en tres ocasiones diferentes, he aprendido un montón de cosas y he llegado a ostentar el «puesto» de editor de contenido, sea lo que sea que eso signifique; redacto, grabo, edito, hago presupuestos, hablo un poco con clientes, cubro eventos, hago diversas propuestas de diseño, pongo cosas en redes sociales, aporto algunas ideas «creativas», grabo mi voz, investigo, anoto juntas, entro a ellas, busco talento y tomo pequeñas decisiones aisladas. Eso es más o menos a lo que me dedico. Y a ser sarcástico, equivocarme, generar risas y también tensión—
—sobre este último punto, ni yo soy perfecto ni creo que ningún trabajo o ser humano lo sea. Kobeh dará fe de la compleja relación que he mantenido con mi empleo casi desde que entré. De acuerdo a su bitácora —no un diario—, a los cinco meses ya estaba planeando mi salida. Empero, aquí estoy. Camino a la oficina.
En los pasados 2,192 días, The Walk ha crecido de manera curiosa —lamento lo ambiguo del término, no se me ocurre uno mejor. Aunque no seamos un referente mainstream de la industria en México, sí hemos logrado un par de cosas destacables, y hay plan para un par más.
He ido a las míticas Semanas de la Moda de Milán y París y he tenido la oportunidad de aprender sobre mis fortalezas y debilidades. Me gustaría poder hacer un poco más de lo que me apasiona —documentales, crónicas—, sin embargo, llegará en algún momento, aquí o en otro sitio, de manera profesional o personal. También he podido conseguir saludos y autógrafos para amigos y familia. Por desgracia, todavía no ha tocado trabajar con nadie que me emocione lo suficiente como para «presumirlo». Tampoco es como que pasar 8 horas encerrado con alguien «socialmente importante» me sirva de algo, pero es una anécdota que narrar.
Y los días se suceden. Estoy empleando un pequeño porcentaje de mi energía a conciliar mi vida laboral con mi vida personal, ya que soy incapaz o no quiero verlas como un total íntegro; son dos facetas. En realidad, esta entrada del blog es un granito de sal en la construcción de esa escultura salitre que intento armar, en la que las caras de mi existencia se concilian. Kevin de Acá y Kevin de Allá, por decirlo de alguna manera.
También me gustaría hacer una mención especial, hablando del trabajo y eso: hoy es el cumpleaños de Daniela «Danisela» Jaimes —la del WildFork y, también, la del «documental» que a veces subo a Instagram. Por cuestiones de lanzamientos y coordinación, tendrá que pasar un considerable rato en la oficina este martes. Sin embargo, espero que su día salga maravilloso. Y perdona, si lees esto, si llego a decir cosas como las que acostumbro. Será tu cumpleaños, pero el trato especial en la oficina es para los débiles.
Y, como ya mencioné, los días se suceden.
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SOBRE LIBROS
Esta pequeña sección es solo para mencionar que ayer acabé el quinto libro de la saga de «Los Juegos del Hambre», titulado «Amanecer en la Cosecha». Desde «Balada de Pájaros Cantores y Serpientes» la autora estadounidense Suzanne Collins ha hecho maravillas con su colección de distopía juvenil. En especial, «Balada» está entre mis libros favoritos por la manera tan bonita que convierte a un chico en un monstruo.
«Amanecer en la Cosecha» sigue la historia de Haymitch Abernathy, el segundo ganador del Distrito 12. Sin spoilers, esta me parece una quinta entrega que apela terriblemente a la nostalgia y nos da un poco de lo que ya leímos con Katniss en los tres primeros, aderezado con algunas especias de «Balada». Si te gusta «Los Juegos del Hambre» y todavía no lo estás leyendo, hazlo. Es un muy buen fan service de pocas páginas. Mi tercero favorito de la distopía de Collins.