Los cinco —quizá éramos seis— permanecíamos quietos en la habitación, rodeados de estanterías vacías, escritorios sin usar y sillas que todavía tendrían que esperar un tiempo para cumplir su cometido en la existencia. Frente a nosotros, ella, vestida de blanco, con el cabello suelto y sus facciones enrevesadas en un remolino de aparente calma, nos cuestionaba. En la sesión anterior, la instructora había contado un chiste. Tres veces seguidas. Con fines didácticos. La primera ocasión, a pesar de ser una broma tonta, fue graciosa; todos reímos. La segunda vez, fue un poco menos divertida, pero yo dejé escapar una sonora carcajada. Para cuando lo repitió una ronda más, fui el único que prorrumpió en risotadas.
—Es que cuando me pongo nervioso, me río —le expliqué quince días más tarde, luego de que sacara el tema a colación. Ella no tenía que saberlo, yo no tenía que contárselo. Nuestra relación no iba más allá de la hora por la que le pagaban. Aun así, las palabras salieron de mi boca.
—Es bueno que te rías. Lo malo sería si lloraras —soltó, con la seguridad que confiere el creerse sabio en determinada materia, aunque en realidad no tengas ni idea. Y no digo que ella no tuviera razón, pero ante mis ojos, se limitaba a recitar lo que todas las demás personas podrían haber dicho, haciendo que algo se revolviera en mi interior.
—Llorar no es malo —aclaré, sintiéndome, de igual manera, una eminencia en un tema del que quizá no conocía ni una quinta parte. Pero, ¿qué se le va a hacer? Así somos los seres humanos. Nos encanta creernos sabios. Está en nuestra naturaleza adoctrinar. Y a veces, malinterpretar.
Me sentía listo para iniciar un debate, para aclarar el porqué llorar es sano e, incluso, recomendable. Sin embargo, ella no refutó mi comentario. Luego de ignorarme de manera capital, inició el relato del palacio de cristal. Cuando hubo terminado, nos dio una breve explicación, nos pidió que cerráramos los ojos y entonces meditamos. El resto de la sesión la pasé masticando mi insatisfecho deseo de un enfrentamiento. Sé que el budismo dice que no deberíamos desear. Yo no soy budista.
Emoción.
f. Alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática.
Sentimiento.
m. Estado afectivo del ánimo.
En la universidad, en la clase de Psicología Social, nos explicaron que las emociones pertenecen al presente. Son, como su definición señala, «pasajeras». Una emoción se vive en el ahora y se vive con pasión. Es un arrebato. Es la improvisación espontánea de una pieza musical. Son dos enamorados recién conocidos, que se desean como solo dos almas que apenas se han rozado pueden hacerlo.
Se ha sugerido que existe una cantidad de emociones humanas básicas definidas, propuestas por Paul Ekman: Sorpresa, asco, tristeza, ira, miedo y alegría. No necesitamos nada más para sobrevivir, porque están diseñadas para que seamos capaces de salir adelante en este mundo salvaje.
Años después de presentar a las 6 emociones, Ekman amplió la lista básica, que con anterioridad se limitaba a lo que él había descubierto con sus investigaciones originales hechas con una tribu de Papúa Nueva Guinea. No nos interesa su lista expandida.
Los sentimientos, por otro lado, pertenecen al pasado. Se experimentan como una composición musical creada e interpretada con esmero, un trabajo bien hecho a lo largo de los años. Como un matrimonio que, tras años de conocerse, ya se han adecuado el uno al otro, sin perder el amor. Los sentimientos, si bien recuerdo, son más largos que una emoción. Más asentados. Las emociones están hechas de arena, los sentimientos son de concreto.
Cuando te hacen una fiesta sorpresa, experimentas una emoción. Cuando recuerdas lo que sentiste, años después, allí hay un sentimiento.
Como un mecanismo de defensa, el cuerpo humano solo puede aguantar las emociones durante un tiempo determinado. Por ejemplo, somos incapaces de sentir tristeza por más de unos cuantos minutos. Después de un rato llorando y gritando y sintiéndonos miserables, necesitamos descansar. Un poco. Luego, el río de la agonía es libre de continuar su curso. A decir verdad, no recuerdo por qué es así. Pero supongo que es como cuando pasamos mucho tiempo escribiendo con pluma: la mano se cansa. Necesitamos detenernos. Si continuáramos escribiendo a pesar de las molestias, nos generaríamos un grave problema. Y las emociones son tan intensas, que tienen que llegar rápido y así de rápido se tienen que ir, como si de una máquina que se sobrecalienta se tratase. El sistema de enfriamiento tiene que entrar en función para mitigar el daño a los componentes.
Y los seres humanos somos máquinas. Máquinas perfectas creadas a partir de piezas imperfectas.
Sobrepensar una situación sobre la que hay cierta incertidumbre, como el resultado de un examen de matemáticas o si dejamos abierto el gas en la estufa, no hará que el universo nos ayude a obtener la respuesta más pronto. En ocasiones, solo nos queda esperar. Si no puedes tener antes de tiempo los resultados del examen, preocuparte solo duplicará el sufrimiento —esta frase la tomé de Animales Fantásticos y Dónde Encontrarlos— y si tienes duda sobre si el gas está abierto o no, volver y verificarlo, entrar en acción, es la única solución para calmar la mente.
Los seres humanos somos dualidades con pulgares. Un día podemos estar seguros de que confiamos en una decisión o creencia, y al siguiente decidir que no es así. Como mencioné arriba, no soy budista, aunque me guste su filosofía. Creo con firmeza en que el no desear termina con el sufrimiento. En todo caso, hay que sustituir el deseo por la acción, ya que alterar las emociones resulta en una alteración de cada aspecto que compone el cuerpo humano.
Este diagrama a mí me gusta mucho. Seguro que lo has visto por allí en redes sociales más de una vez:

Aunque con «no te preocupes» no me refiero a que no sientas. Opino que son dos cosas muy distintas. Por supuesto, preocuparse es parte de sentir. Y tiene que hacerlo el tiempo justo, no más, no menos. ¿Quién dicta el tiempo justo? Tú, claro. No dejes que nadie más intente decirte cuánto o cómo debes sentir. A la persona que lo haga, patéale. Estás en todo tu derecho.
He descubierto cuán terapeútico resulta llorar. Alguna vez, mientras las lágrimas me corrían por el rostro, me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no sucedía, que no lloraba. Me sentí liberado y alegre luego de hacerlo. Lo mismo sucede con la risa, el enojo y la ira, la tristeza, la alegría, el anhelo, la apatía, el —yo sé que estoy combinando manifestaciones físicas, emociones y sentimientos. Pero sentirlo todo está bien.
Cuando veo a una persona llorando, no le digo que deje de hacerlo —continúo con este ejemplo porque es el más sencillo, ante lo que todos tenemos un tabú—, sino que me mantengo a su lado y dejo que continúe. ¿Alguna vez te han dicho «no llores» y, de pronto, te detienes? No. Es estúpido —aunque si te ha sucedido, mis respetos. Creo que es de Avatar: La Leyenda de Aang, una frase que dice «cuando un hombre adulto llora, es porque tiene un muy buen motivo». Tal vez no sea de allí y yo solo esté poniendo estas palabras en labios del tío Iroh. Quizá la frase salió de El Nombre del Viento o de El Temor de un Hombre Sabio. Incluso existe la posibilidad de que no sea de ninguno de estos tres. Empero, el punto es que dejar sentir es correcto —hasta el punto que la persona no se esté lastimando a sí misma en el proceso, me atrevo a agregar.
No. Ahora lo recuerdo. La frase es de Shaman King. La dice Yoh cuando él y Manta se encuentran a Mosuke llorando en el museo, por Amidamaru y Harusame.
Por algún motivo, los seres humanos hemos sido educados en el Arte de Ocultar los Sentimientos, por temor a la burla, al rechazo. Es algo así como la espiral del silencio de Elisabeth Noelle-Neumann, que a grandes rasgos nos dice que, para ser aceptada, la minoría callará su opinión contrastante con la de la mayoría. Cuando una minoría se expresa, la masa tiende a segregarla. Como, por ejemplo, en una votación entre personas con las que no tienes mucha confianza; podrías ceder ante la decisión de los demás con tal de complacerlos. Y creo que así funcionan los sentimientos y las emociones. Tememos expresarlos. Los guardamos.
Mi tuit fijado dice: «Nos sentimos frustrados cuando los personajes de las películas no dicen cómo se sienten en realidad para resolver la trama, mientras que nosotros vivimos gran parte de nuestras vidas no contándole a los demás lo que sentimos realmente.»
Ríe sin miramientos.
Llora cuando lo necesites, donde sea que lo necesites.
Grita si tienes ganas. La gente te mirará raro, pero da igual.
Cuenta lo que hay dentro de ti.
Oscar Wilde escribió en El Retrato de Dorian Gray: «La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal», lo que ahora podría trasladar a que la única manera de librarse de un sentimiento o de una emoción, es ceder. Dejarse llevar, sin vergüenza, sin temor.
A veces, también nos dejamos inundar de emociones y sentimientos negativos por no querer lastimar a los demás. ¿Pero lo vale? Seremos lastimados cuando tengamos que serlo, y lastimaremos cuando sea el momento de hacerlo.
En este mundo salvaje, las máquinas necesitan liberar vapor.