
Buscar «kafkiano» en el diccionario de la RAE
arroja tres resultados, pero el que atañe a esta entrada del blog es:
«Dicho de una situación. Absurda, angustiosa», haciendo referencia al
momento en el que Gregorio Samsa se despierta convertido en un insecto
y, tras un análisis del entorno, llega a la conclusión de que sigue
siendo él mismo —he de admitir que, hasta donde recuerdo, no he leído La Metamorfosis.
Investigando, también me topé con un video de Noah Tavlin, una plática para TED-Ed, en la que ahonda en el tema y en correcto uso del término «kafkiano» —un correcto uso desde su interpretación.
Para lo que pienso escribir, me tomaré ciertas libertades al momento
de usar la palabra: me acercaré a ella del modo en el que yo la entendí,
en el momento en el que la conocí y me la explicaron. A partir de allí,
hablaré del sinsentido del mundo en el que vivimos. No pretendo llegar a
nada particular con estas palabras, pero si durante el desarrollo hay
una conclusión, me daré por bien servido.
Parte I: El existencialismo cósmico o «no le debemos cuentas al universo.»
Primero me gustaría hablar sobre lo que mi mejor amigo llama el existencialismo cósmico
—a mí todavía me gusta pensar que es un término inventado por él, y si
no es de ese modo, para mí seguirá siendo así y más adelante tendrá
sentido el porqué—: cuando siento mucho estrés, preocupación, tristeza
o, en realidad, cualquier emoción negativa, subo a lo más alto de algún
edificio y miro el cielo y todo lo que me rodea, para comprender cuán
pequeño soy, cuán pequeñas son mis preocupaciones y cuán grande es lo
demás. Sentirse pequeño ante el universo ayuda a poner las situaciones
en perspectiva. Ayuda a que la mentalidad dé un giro.
Hace tiempo, estaba en la universidad, platicando sobre lo que sea
que suelen platicar los universitarios enamorados. Sin gran aviso, algo
se presentó: un mensaje que, en su momento, pareció sumamente relevante
—un mensaje que ni siquiera era para mí y que ahora ya no veo tan
importante. Me levanté de la mesa sin decir nada, caminé hacia la
facultad y subí hasta la planta más alta. Sabía que no cerraban una de
las puertas que da a la azotea, así que fui hacia ella y salí. Caminé
hasta la barandilla, miré el cielo y el paisaje, me coloqué los
audífonos y escuché “Love Like This” de Kodaline, una banda que en ese
entonces comenzaba a conocer y que me acompañó durante toda una etapa.
Estar allí, ante lo que mi mirada alcanzaba a apreciar, además de
saberme lejos del mundo, me tranquilizó. La canción me hizo sonreír.
Bajé y volví a la mesa. Es algo que hacía con frecuencia, pero una de
las personas que me acompañaba no lo sabía. La explicación que le dieron
fue algo similar a: «Suele hacer eso. Ya me acostumbré».
El existencialismo cósmico: Nadie mejor que los personajes de mi
mejor amigo para explicarlo —antes, un poco de contexto: Liz acaba de
llegar a casa de Mari, donde hay una reunión; Liz quería hablar con
Mari, y no se esperaba a más personas, pero pasa a la casa y se une a la
conversación que están manteniendo; Mari los presenta, en la casa hay
música; LuisDa resuelve un cubo de rubik; Mari se recuesta sobre Beto.
LUISDA
Pero es reconfortante, ¿no? Somos tan insignificantes que al universo no le importa si hacemos algo o no lo hacemos.BETO
Y, entonces, ¿cuál es el punto de hacer algo?MARI
Sí, o sea, es más fácil decir que eres nihilista y mandar todo al carajo.LUISDA
No,
no, no. Es Existencialismo Cósmico. No le debemos cuentas al universo,
así que ¿por qué no hemos de dedicarnos a buscar nuestra propia
felicidad?MARI
¡Existencialismo cósmico! No sabes lo que estás diciendo. Kierkegaard se está retorciendo en su tumba.
Luego de esto, Gaby se une a la película. Pero esa es otra historia,
una que planeaba agregar a esta entrada, antes de descubrir que todavía
no está lista. Tal vez en algún momento la añada. Pero, mientras eso
sucede: Gracias K. por dejarme usar esta parte del guion. Sé lo que
sientes por esta historia.
Ya encaminados, el existencialismo cósmico lo podemos definir como
esa necesidad de sentirse pequeño ante el universo, las ganas de darnos
cuenta de que al cosmos no le importa lo que hagamos; o, tal vez, la
comprensión de esto mismo, más que un deseo activo de experimentarlo.
Somos polvo en el polvo, una parte infinitesimal en el tejido de la
materia, la antimateria y todo lo que no conocemos aún. Nada en la nada,
por así decirlo. Aunque no por eso somos un sinsentido irremediable. Y
para allá vamos.
El universo no espera.

Parte II: Un momento muy kafkiano (y una historia que no te ha sucedido)
Estás un tanto perdido y alguien te llama y te saluda. Te
presentas y te dice que ya te conoce, porque escuchó tu nombre y lo que
haces cuando se hicieron las presentaciones correspondientes, hace un
rato. Te dice que no es un adivino. Tú le dices que sería una situación
extraña —o al menos, mientras lo escribes, recuerdas haberle dicho algo
así—, a lo que responde que sí, y que es una situación muy kafkiana.
Esta persona me explicó una situación kafkiana como aquel momento que
parece fantástico, irracional, pero que tiene una explicación lógica,
una vez que se analiza con detenimiento. Y tiene sentido con la
experiencia de Gregorio Samsa: una vez que descubre que las cosas están
como las dejó la noche anterior, que el mundo que él conoce sigue siendo
como recuerda, da por hecho que es él mismo. Entonces, la realidad
tiene sentido. La tiene porque él se la dio. Hay una lógica, hasta
cierto punto.
Hablar sobre este momento kafkiano derivó en una charla sobre cómo la
realidad en la que vivimos, y con ella los momentos que experimentamos,
solo tienen sentido cuando nosotros se lo damos, y que la felicidad no
la podemos otorgar. No importa cuánto lo intentes, si la persona a la
que con tantas ganas quieres hacer feliz, no tiene en sus planes serlo,
jamás lograrás tu cometido. Y no será culpa tuya.
Estás en una cafetería, sentado, sentada, leyendo. En el aire
flotan el aroma del café americano que tienes frente a ti y del que
bebes un sorbo. Haces una mueca: te preguntas por qué estás tomando algo
caliente si hacen como treinta grados. Recuerdas que no pasaste la
mejor de las noches y que necesitas mantenerte alerta durante el día.
Tiene sentido, aunque podrías haber pedido café helado. No te gusta,
claro.
Percibes el perfume de la lavanda, porque esas flores adornan las
mesas; las mantienen en floreros de cristal, pero no sirve de mucho con
el calor que está haciendo. El hielo en el florero de las tuyas ya casi
se derrite por completo. Huele a pan caliente, a té de manzanilla y hay
un aroma más que te recuerda a tu infancia, pero que no terminas de
identificar. ¿Almendra? Tu memoria olfativa no es muy buena.
Escuchas el ventilador que la cajera tiene sobre la registradora,
el tráfico de afuera, denso, pues es viernes, y por las bocinas de la
cafetería suena una canción desconocida, pero con un ritmo que te gusta;
también percibes la música que se desborda de los audífonos que tiene
puestos la persona que está sentada cerca de ti, a la izquierda. Está
escuchando una versión de “Nature Boy” cantada por una mujer. No
conocías esa versión, mas sí la de David Bowie para “Moulin Rouge” y por
eso sabes de qué canción se trata. Te preguntas cómo es que esa persona
no se ha quedado sorda, aunque te dices que tal vez ya haya disminuido
su capacidad auditiva. Puedes escuchar claramente cuando la voz femenina
dice “the greatest thing you’ll ever learn is to love and be loved in
return”.
Entra esta persona. Volteas porque escuchas la campanilla de la
entrada y porque, de todos modos, ya has perdido todo el interés en lo
que estabas leyendo. No es tan bueno, y nunca has podido leer en
cafeterías. Tal vez estás allí solo porque así lo hacen en las películas
y en ellas parece funcionar.
La persona que entra lleva puesto un suéter verde tejido, amplio.
Te dices que, para la talla, tal vez no es suyo, o le gusta usar
prendas grandes y además, calurosas. Sigues a la persona con la mirada.
Cuando llega a la barra, la cajera está hablando con su compañera y no
le presta atención hasta que la persona vuelve a llamarla. Pide lo mismo
que tú: un café americano bien cargado. Sientes que ya habías vivido
esta situación: déjà vu.
La persona paga y le dicen que en un momento estará su café. Va y
se sienta en la mesa que está frente a ti, no dándote la espalda.
Puedes ver que de su mochila saca lo mismo que tú estás leyendo. A la
par, la canción de la cafetería cambia a la versión de “Nature Boy”
cantada por Bowie. Dicen un nombre, el de la persona que acaba de
llegar. No han pasado ni diez segundos desde que se sentó. Alza la
mirada y alguien más llega a la barra y toma la bebida, que es un
frappuccino. La persona vuelve la cabeza hacia lo que está a punto de
comenzar a leer. Tú no puedes con la cantidad de coincidencias del
momento.
A mi entender, eso es una escena kafkiana —bastante exagerada, claro.
Debe haber una explicación para cada coincidencia. ¿Efecto mariposa?
(La historia que leíste arriba, iba a estar basada en un hecho real,
que para mí es uno de los ejemplos más maravillosos que existen para
hablar de coincidencia o destino. Ya no fue así, porque me llevaría
mucho tiempo narrarlo. Si para cuando leas esto ya la escribí, puedes
encontrarla dando clic aquí. Si no, habrá que seguir adelante. Todavía
hay camino que recorrer).
Es a partir de este punto que comenzaré a meterme con temas (más)
debatibles. No me atreveré a afirmar que lo que leerás a continuación es
la verdad absoluta, porque, en realidad, nadie puede asegurar tal cosa,
sobre casi nada. Puedes detenerte aquí y quedarte con el
existencialismo cósmico, buscar tu felicidad ahora que sabes que al
universo no le importa, sonreír y no preocuparte por lo que no puedes
controlar. A partir de ahora, hablaré entre suposiciones y conocimientos
a medias. Siéntete libre de debatir o contradecir con un comentario.
Toda síntesis necesita una tesis y una antítesis.
Ya El Principito nos advierte que a los adultos les encantan
los datos específicos, los números, lo comprobable. Lamento —o quizá
no— no tenerlos o desconocerlo al momento de escribir esto.

Parte III: El Sinsentido que, en
realidad, sí tiene sentido, porque hay leyes que rigen el universo en el
que vivimos y porque tú se lo das (y por el Chiste Cósmico)
El mundo no tiene sentido. Vivimos sumidos en lo absurdo. La
existencia del humano es prácticamente un accidente del Chiste Cósmico:
existimos no por un plan, sino porque el universo nos vomitó por una
casualidad que se fue adaptando. Una serie de efectos mariposa nos han
traído hasta aquí: a mí a redactar estas palabras, a ti a leerlas. A
veces estoy de acuerdo con esta afirmación.
En otros tantos momentos, pienso en las posibilidades, y es algo de
lo que hablaba hace unos días: somos un resultado azaroso tan ridículo,
que algún sentido debe tener que estemos aquí. Que tengamos ciertas
capacidades, o que no. Que vivamos entre ciertas dimensiones, que
podamos ver algunos colores y otros no; que razonemos de la manera en la
que lo hacemos, que cantemos, que bailemos, que abracemos, que
sintamos. La evolución podrá habernos diseñado por prueba y error, pero
también hay una infinidad más de posibilidades. Y a este sinsentido,
nosotros le damos un valor.
¿A qué voy con esto? A que, a fin de cuentas, los humanos somos
átomos, porque somos materia. Y todo lo que nos rodea son átomos, porque
mucho de lo que nos rodea es materia. Al menos, lo que con nuestros
instrumentos y capacidad mental somos capaces de percibir —limitantes
las tenemos, y en unos segundos llegaremos también a ellas.
Un valor. Sentido. Felicidad. Esto es lo que perseguimos. Los humanos
nos preguntamos de dónde venimos y hacia dónde vamos. Muchas veces,
corremos tras ideales como el reconocimiento o cantidades exuberantes de
dinero; ambos, supongo, para dejar testimonio de que estuvimos aquí.
Las redes sociales existen para satisfacer esa necesidad de atención,
que no pretendo demeritar. A fin de cuentas, lo que le da sentido a
nuestras vidas son los lazos que hacemos. Vivimos por y para ellos —como
todavía no tengo bases sólidas para defender esta afirmación, de que
vivimos para los demás, me mantendré al margen y no ahondaré lo
suficiente como lo necesitaría para sentirme satisfecho.
Buscar dinero y fama no es algo malo; de hecho, dejemos atrás los conceptos de bueno y de malo,
que en este contexto tan aburridos resultan, pues, además, nadie
permanece en una sola área del espectro durante toda existencia. Nos
movemos entre estos terrenos durante nuestra vida; ante los ojos de
alguien, seremos los villanos, mientras que ante los ojos de otros,
seremos héroes —aunque sí apoyo ciertas máximas de la convivencia en
sociedad, que no considero que se deban romper. Buscar darle sentido a
nuestra vida es algo inherente a nuestra existencia. Algo normal. Y
siendo relativistas, el sentido y la forma de la realidad la damos
nosotros, a partir de nuestros valores y motivantes. Lo que para uno es
importante, para otro no, lo que no demerita la relevancia de las
visiones que nos vamos encontrando en el camino. Aceptar estas
diferencias y que la perspectiva que tenemos de la realidad difiere
entre unos y otros, podría hacernos llegar a un punto de convivencia
armoniosa. O todos seríamos condescendientes y no perseguiríamos
verdades absolutas.
Pero, también, ¿quién dice que debamos perseguir verdades absolutas?
Me pregunto, ¿por qué queremos conocer los límites del universo? Porque queremos saberlo. Porque lo necesitamos.
Por expandir. Por ego. Por solidaridad. Por muchos motivos; cada
científico tendrá los suyos, cada niño que sueña con ser astronauta los
suyos también.
Y, si has llegado hasta aquí, no quiero que me mal entiendas. No vivo
pensando esto todo el tiempo. No voy por la vida diciendo que esto o
aquello es inválido porque tengo mi propia manera de percibir el mundo,
porque ella tiene otra y ellos una muy diferente. Estoy de acuerdo con
la existencia de verdades convenidas por el grueso de la sociedad,
porque necesitamos orden. También sé que la gravedad es un hecho: que si
salto, volveré a bajar. Solo que, necesitamos cuestionarnos, al menos
más de lo que lo hacemos, en lugar de tomar todo como un hecho
inamovible. La idea del átomo fue negada durante mucho tiempo, antes de
volver a ser aceptada; en el pasado, todos estaban seguros de que la
tierra tenía un límite por el que caías, y en cada momento histórico,
deben existir quienes creen estar en la cúspide tecnológica, sin tener
idea de que años más tarde habrá algo y alguien que los sobrepasará.
Antes de llegar al siguiente punto, aclaremos: ¿tiene sentido el que,
para mí, el existencialismo cósmico siempre será una invención de mi
mejor amigo? En un mundo donde desconocemos tanto —a tratar en unos
párrafos—, donde nosotros damos el sentido y donde, de todos modos, ya
tenemos el juego perdido, ¿por qué no puedo ceder la autoría de esto o
aquello a quien yo quiera? Además, según la teoría del multiverso,
podría ser que sí, en efecto, él acuñase el término, o que, en
realidad, el Chiste Cósmico jamás haya generado vida. ¿Alguien puede
decirme que no, con pruebas? Hay todavía tantas cosas de las que nadie
está seguro, que por eso se sigue buscando, y por eso seguimos creando.
(Aunque no voy a ir a decir que Obama se inventó la teoría de la
relatividad, porque eso sería estupidez y defender la postura sería
necedad).
Y por eso se me puede perdonar aquel momento en la universidad en el
que me aparté y fui al techo a escuchar una canción. Porque en ese
momento, todo parecía tan relevante, y ahora ya no. El existencialismo
cósmico y el darle sentido propio a las cosas pueden unir fuerzas para
traer una paz absoluta. Y cuando las personas cambian, sus prioridades
lo hacen con ellos.

Interludio: Un cuestionamiento sobre la unidad universal selectiva o seleccionada
Me gustaría hacer un paréntesis y hablar sobre el átomo. Sobre la
composición de la materia —de lo cual no es que sea un versado. Toda la
materia está compuesta por átomos, pero los átomos que componen a la
silla, no la animan, como los átomos que me componen a mí. Yo hago
conexiones neuronales, yo siento hambre y yo sudo al correr. Si en lo
básico somos lo mismo, ¿por qué somos diferentes? No sé si esto hable de
un componente aún más pequeño e imperceptible, que decide qué hará cada
átomo, para formar cada qué. Bien puede ser el Chiste Cósmico. Bien
puede ser algo más, algo imperceptible en nuestro campo. ¿Alma?
¿Espíritu? ¿Qué tal si estos fueran una unidad universal selectiva o
seleccionada?
Así como mi mejor amigo me explicó, un ladrillo puede usarse para
construir una casa, o un puente o muchas cosas. Y también me explicó que
el hecho de que un imán se una a otro no es algo que el imán decida. La
esencia de la vida no está en sus componentes básicos, sino en la forma
en la que se acomodan. Y también me mencionó sobre cómo la electricidad
genera consciencia —aunque parece no haber una afirmación única y
universal sobre esto.
Todo tiene que ver con el acomodo, al parecer.
No estoy seguro de si esas explicaciones eliminan la posibilidad
fantástica de mi unidad universal selectiva. O del Chiste Cósmico como
un comediante real y un intermediario.

Parte IV: Hormigas
Hablábamos sobre hormigas. Las hormigas no tienen consciencia de que
nosotros somos humanos. ¿Por qué la tendrían? Sus estilos de vida, sus
necesidades, no requieren que tengan idea de lo que es un humano, un
colibrí, un violín o un agujero negro. Para ellas, somos otro elemento
más, quizás un obstáculo. Formamos parte del terreno al que se tienen
que enfrentar para subsistir. No tienen idea de que nosotros somos seres
conscientes, pensantes, andantes. ¿Y si nosotros somos hormigas? O,
para todo esto, cucarachas que observan las estrellas desde techos,
incapaces, desde su dimensión, de mirar más allá, de encontrarnos con
algo que sí es capaz de percibirnos como nosotros percibimos a las
hormigas. Tal vez, para nuestro estilo de vida, para nuestras
necesidades, no requerimos cruzar las fronteras de lo que somos capaces
de abstraer, o estamos condenados a ser así.
Para dejarlo más claro, usaré como ejemplo a It, el personaje de
Stephen King. ¿Por qué el payaso, finalmente, tiene forma de araña? Como
se explica, no es que It sea, en realidad, un arácnido extraterrestre
—bueno, vale, que extraterresrte sí es. En realidad, es una
entidad de otro universo, plagado de otras entidades como él. La forma
de araña es lo que la mente humana alcanza a comprender, pero su forma
real somos incapaces de abstraerla. Creemos ser el pináculo de la
evolución en la tierra, sin embargo, seguimos limitados por nuestras
capacidades. Y eso abre infinitas posibilidades. Mientras escribo, algo
mucho más grande que yo podría estar mirándome, entretenido con mi
manera de proceder. O incluso, para entidades de otras formas, también
podríamos pasar desapercibidos. Quizás el mismo universo, sistema tan
perfecto, sea esa otra gran entidad, y la concepción de otros universos
comprenda otros seres similares: nosotros seríamos los componentes de
las células del sistema —las galaxias— en una inmensidad donde,
nuevamente, no importamos demasiado.
Buscamos lo que conocemos, lo que somos capaces de analizar y reducir
a nuestras leyes y teorías. Buscamos agua en otros planetas porque
nosotros entendemos las formas de vida como lo que tenemos ante nuestras
narices. Pero, ¿dónde queda la posibilidad de otras formas de
existencia que se rigen por otros métodos, por otras fisionomías —dando
por hecho que las van a tener—, por un Chiste mucho más complejo?

Parte V: No le importa, tú baila
No sé qué hayas sacado hasta el momento de todo lo que has leído.
¿Tal vez suena a un panorama pesimista? Porque al universo no le
importamos, porque muchas verdades dependen de la interpretación y
porque no estamos seguros de muchas cosas —hasta donde sabemos,
podríamos estar en trayectoria de colisión con otro universo, o una
bestia magnífica podría estar devorando los límites de lo que conocemos,
o algo que ni nuestros artefactos ni nuestras mentes pueden comprender
podría estar a punto de deshacerse del espacio que ocupamos en la
composición del Jardín del Todo—, sin embargo, así como LuisDa lo
explica en Estrellas Fugaces (que es así como se llama la
historia de la que tomé el fragmento de guion), es liberador. No le
debemos nada al universo, ¿por qué no tomarlo todo con más calma?
Tomarnos menos en serio puede ayudarnos a disfrutar más de lo que nos
rodea. Esto sin perder el objetivo de lo que queremos, pues tampoco se
trata de un completo abandono.
Hay tantas piezas faltantes en este rompecabezas.
Ser pequeño no elimina la relevancia, ejemplo de ello son las abejas,
parte importante del complejo mecanismo que compone a la naturaleza,
que parece tener una consciencia capaz de equilibrar (casi) todo a lo
que se enfrenta. La casualidad es demasiada.
Si somos cucarachas mirando las estrellas, si somos ignorados por
entidades cósmicas de proporciones inmensas, inimaginables, que harían
nuestra consciencia sal y arena si lográsemos acercarnos a una centésima
parte del entendimiento de su composición, ¿por qué no tomarlo como
algo positivo, como un regalo del propio cosmos, una compensación por
nuestra búsqueda de entenderlo, cuando jamás lo podremos hacer, por
nuestras limitantes inherentes a nuestra condición humana?
Me refiero a buscar lo que nos hace felices, sin dañar al otro, si
podemos no hacerlo. Al universo no le importa si bailas mal, ¿sabes? No
le importa si desafinas al cantar, si te gustan cierto tipo de películas
o cierto tipo de libros; al cosmos no le interesa si crees en dioses
olvidados o en dioses a los que aún se les levantan templos, tampoco si
comiste una rebana de pastel o si felicitaste a alguien o no en su
cumpleaños.
La vergüenza no es algo con lo que el universo nos haya dotado, ni
tampoco creo que sea algo que los átomos conllevan en su composición.
Aunque, sí: así como somos pequeños e irrelevantes a gran escala,
también somos grandes y relevantes a una escala mucho menor. Como todo
se trata de perspectiva y del valor que le damos a las cosas y
situaciones, podemos contemplar con más atención el sistema en el que
vivimos. A veces, por ser parte de él, hay cosas que no notamos.
Y es aquí donde viene la contradicción, y donde entra nuevamente el
postulado al que no le encuentro fundamento: somos seres sociales y, por
lo tanto, todo lo que hacemos es para los demás. Los necesitamos, pues
nuestra existencia se mide en ellos, en los lazos que nos hacen quienes
somos. Será encontrar el punto medio, entre la falta de interés de las
estrellas para con nosotros y toda la importancia que le otorgamos a los
que nos rodean y a quienes apreciamos. Discernir entre lo que si al
Todo no le va ni le viene, a los demás tampoco, y lo que, a pesar de que
a la inmensidad que nos rodea lo le hace ni cosquillas, a nosotros
tendría que movernos mucho más. Porque si el universo no nos cuida,
tendremos que hacerlo entre nosotros, de pie en una balanza.
Entre otras cosas: no le importa, tú baila.
