
Hace más de un año que escribí algo para este blog. En ese tiempo, un
par de cosas han cambiado —es curioso, el cambio. ¿Qué es lo mejor?
Que, a pesar del cambio, sigo encontrándome a la deriva.
Cuando comencé con esto, estaba por salir de la universidad, tenía 21
años y estaba en una relación; por esas fechas, existe la posibilidad
de que fuera vegano, o vegetariano, perseguía un estilo concreto en mi
fotografía y ayudaba a una amiga a grabar su proyecto final de la
carrera. Ahora, dejé los cuestionamientos sobre el mundo laboral hace
unos cuantos meses, tengo 23 años y estoy soltero; por estas fechas, ya
no soy vegano, ni vegetariano, y continúo persiguiendo un estilo
concreto en mi fotografía, además de que la amiga a la que le ayudé a
grabar su proyecto final recientemente se cambió de trabajo.
En este tiempo, me enfrenté a mi propia mente —espero, eventualmente,
poder hablar de ello con soltura— y aunque no he salido completamente
victorioso de esta batalla, sí le he ganado terreno. También me moví de
ciudad y trabajé y conocí personas nuevas, en donde se supone que se
encuentran mis raíces. Luego de unos meses, volví a la ciudad de la que
originalmente partí, y trabajo y he conocido personas nuevas, en donde
decidí que también hay raíces mías.
«Si quieres saber quién eres, camina hasta que no haya nadie que sepa tu nombre.»
El Temor de un Hombre Sabio, Patrick Rothfuss.
Sigo sin saber qué significa ser adulto. Mi escritor favorito dice
que «el día que empezamos a preocuparnos por el futuro, es el día en que
dejamos atrás nuestra infancia». Pero, por supuesto, dejar atrás la
infancia no implica ser adulto. Tal vez solo implica que entraste a la
juventud, y sobre el fin de la juventud hay debate. Durante estos meses,
en al menos en un par de ocasiones he tenido que enfrentarme a un
diálogo sobre en qué momento dejamos de ser jóvenes —según el CINU, esta etapa se termina a los 24 años, un dato establecido alrededor de 1985.
Bueno, volviendo a los cambios, también descubrí que hay muchas
maneras de ser feliz, y que la felicidad, como tal, no es un estado
perpetuo —cosa que tal vez en algún momento supe, pero olvidé. La
felicidad se encuentra y se roba de los momentos fugaces, pues la vida
es una variopinta combinación de emociones y sentimientos, de los cuales
siempre podemos aprender algo nuevo. El llanto nos enseña el valor de
la risa, y viceversa.
Entonces, en este poco más de un año hice mi proyecto de titulación y me gradué. Me separé sin razón
alguna de muchas personas, sin dar explicaciones: solo desaparecí, y a
donde fui a parar, una persona me dijo que le agradaba que, así como
había llegado, también podía irme. No se equivocaba, pues forma parte de
mí; alguna vez, alguien comentó que soy como el personaje principal de
una novela para jóvenes adultos —tal vez también se mencionó el nombre
de John Green, pero en este instante no puedo asegurarlo— y, ¿no es
acaso todo el concepto de este blog una prueba de la veracidad de esas
palabras?
Volver y leer a mi yo del pasado pone ciertas cosas en perspectiva. He leído nuevos libros, y he releído viejos conocidos. Leí El Principito
por primera vez. Lo terminé en el transporte público y lloré mientras
lo hacía. Descubrí cuán pesado me resulta leer a Tolkien, porque
describe mucho la geografía de su mundo. Empecé a hacer ilustraciones
—de dudosa calidad— que me hicieron conocer a una persona —con mucho
talento— con quien quedaba para que dibujáramos juntos —de cierta
manera, debido a la distancia. Aprendí el valor de decir «te amo» y «te
quiero» cuando de verdad lo sientes. Vi Evangelion por primera
vez. Aprendí qué rayos es una semana de la moda, cuán caro es el queso y
a no abrir una cámara análoga para revisar si el rollo ya está a buen
resguardo. Me uní un poco más a una persona de la universidad, con quien
existía la posibilidad de que mantuviera mucho menos contacto —y es
agradable pasar tiempo con ella, aunque puede ser un tanto… desesperada.
También jugué mi primera campaña de Calabozos & Dragones —soy
malísimo, pero me divierto mucho. Y muchas cosas han pasado en este
tiempo.
A lo que quiero llegar con esto es, bueno, a los cambios. A que un
año de esto y de aquello te pueden cambiar casi hasta la médula.
Una amiga, al salir de la universidad, se fue lejos de la ciudad, a
un pequeño pueblo en la punta del país. Recientemente, regresó, tras un
año y tanto de disfrutar y de dudar su estancia en aquel remoto sitio. Y
ella también cambió, y aprendió y eso es maravilloso. El cambio es de
las pocas cosas constantes con las que podemos contar —si no es que la
única.
Si llegaste hasta aquí, adelante, ¿por qué no analizas qué tanto
cambió en ti y en tu vida de un año para acá? Una de las ventajas de la
tecnología es que tenemos una máquina del tiempo de bolsillo que nos
puede transportar a momentos para hacer la comparativa. Date un clavado
en fotos y textos y videos que encuentres de hace un año. Descúbrete a
ti, lo que pensabas, lo que no, lo que aprendiste y lo que creías que
habías olvidado. Aunque, por supuesto, no te entretengas mucho. El
pasado ya no existe y el futuro no sabemos si llegará, todo lo que
tenemos es el ahora. Del ayer solo nos hemos quedado con lo que
aprendimos, y eso debe ser suficiente.