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Venderte al mejor postor

Publicada el domingo 21 de junio del 2026 por Kevin

Desconozco si ya lo he hablado aquí o no, pero tengo un tema con la palabra “arte” y con las personas que la usan de manera indiscriminada en Internet, llamando “arte” a sus propias creaciones. Pienso que son los demás, los que consumen aquello que compartes con el mundo, quienes definen si lo que haces es “arte” o no.

Me sucedió mucho con esa tendencia de los fotógrafos en la que hacían un reel para Instagram en el que ponían una fotografía suya con el texto “the artist/el artista” seguido de una serie de sus imágenes con el texto “the art/el arte”. Me parece arrogante. 

Y, a pesar de esta postura, al menos hay algo que admiro de esas personas: que siguen siendo ellos.

Desde hace tiempo, Roberto, seguro sin hacerlo a propósito, ha estado jugueteando con los tornillos y engranajes de mi mente dormida, haciendo que la maquinaria que había permanecido acumulando polvo durante años volviera a encenderse. Al menos, ha dar indicios de que podría funcionar una vez más. Su manera de concebir la creatividad me ha ayudado a ver por las ventanas del pasillo de producción en masa en el que he estado dando vueltas desde hace años.

Y las críticas sutiles de Kobeh a mi manera de trabajar han funcionado también —lo lamento si no son «críticas», pero percibirlas de este modo me ha ayudado a revalorizar mi trabajo, así que gracias. 

Desde hace tiempo, veo la creación de videos como una extensión más de la soporífera y mecánica tarea de crear para redes sociales, para un público acostumbrado a dejar su dedo en la pantalla para reproducir el contenido al doble de su velocidad. «No uses tanto texto, que la gente no lee», «Haz cortes rápidos y dinámicos, que si no las personas se aburren».  Qué mundo en el que vivimos. 

Durante mucho tiempo, fui fanático de las historias lentas, contemplativas, que se toman su tiempo para envolverte y engancharte en su atmósfera; empero, en el mundo del consumo y el bombardeo de material audiovisual, cada vez hay menos cabida, al menos en el consumo que no es muy de un nicho muy específico, para aquellos que simplemente quieren establecer, observar, dejarse perder en los mundos que la tendencia actual tacharía de «aburridos». 

Aburrido su sistema de producción rápida y de fácil digestión. ¿Los videos rápidos requieren una mente astuta detrás? Sí. Por supuesto. No es fácil tener grandes ideas para el formato corto, pero lo que quiero llegar es que no es lo mío.

Durante toda la universidad siempre tuve un problema constante: no sabía respetar la extensión de nada. Si me pedían un ensayo de 5 páginas, lo hacía de diez. Si me pedían un guion de un minuto, me iba a tres. No lo digo como algo positivo ni me siento superior por ello; tenía un terrible problema para ser conciso y directo. Me daba pereza sentirme limitado, aunque esas mismas barreras te obliguen a pensar de manera diferente y encontrar soluciones —o historias— que quizá no habías considerado antes. 

El caso es que no funcionaba así. Y me gustaba. 

Con el paso del tiempo y la inevitable entrada al mundo de la producción para redes sociales, me vi cada vez más en la necesidad de abandonar mi gusto por la estructura, por los procesos «correctos» de un producción; ya no había tiempo para planear, ni para colocar las herramientas necesarias para el trabajo. Hazlo todo con lo que puedas cargar en tus dos manos, lo demás sobra; es superfluo en un mundo en el que los creadores de contenido dominan usando sus celulares y el acceso que las marcas les dan a todas partes. 

Hace meses, tal vez, que me he estado preguntando qué soy como narrador. No tengo una identidad que me defina, porque desde que salí de la universidad he dejado que otros me digan qué quieren y, solo porque más o menos sé usar una cámara, cómo debo usar mis capacidades. Poco de lo que he hecho me sentiría orgulloso de mostrarlo, porque no define mi visión del mundo, y si quieres contar algo a través de imágenes, considero importante que le muestres a los demás qué es para ti la realidad. 

Por supuesto que es inevitable terminar vendiéndote al mejor postor; necesitas dejar unas cuantas horas haciendo proyectos que no te satisfacen creativamente para moverte en el mundo capitalista. Sin embargo, has eso puede y debería llevar tu sello. Lo veo en el trabajo de personas con las que estudié o creadores a los que contratan por su visión, sin imponerles lo que las redes sociales quieren. 

La narrativa convencional pareciera estarse quedando «obsoleta», sin embargo, las marcas y los «creativos» al frente de ellas no tardan en volver exótica la manera —a mi parecer— correcta de hacer historias. Vaya, ya lo estamos viendo: los medios aplauden y se sorprenden cuando empresas como Balenciaga o Zara sacan campañas que parecen más cortometrajes que ads de 30 segundos sin nada detrás. En un mundo en el que el contenido está hecho para verse en x2, lo que parece en x0.5 prevalece y volverá. Y quiero estar allí haciéndolo.

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